¡Visita el espacio Niños CONARTE!

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Alguna vez leí que era un deber de los padres cuidar la salud de la imaginación de sus hijos. No recuerdo dónde fue. Muchas veces he pensado en ello: imaginación, salud, deber, cuidar. Le he dado mil y una vueltas.

Hoy, quizá como nunca antes, parece cuestionarse la utilidad de la literatura, y cuanto más dependemos de la ciencia y la tecnología, pareciera que insistimos en justificar la lectura literaria. ¿Por qué? Quizá sea algo inútil, algo por lo cual no obtendremos un mejor trabajo, ni seremos más guapos y, ¿qué?, si con un libro lo pasamos bien.

La literatura es el terreno de la sugerencia, de la  evocación, de las emociones, de los sentimientos, donde se nombra lo innombrable. Es el espacio indómito de la imaginación. Por ello puede ser maravillosa y también peligrosa.

Una de las cosas que más me motivaba para impartir talleres de lectura, llevar libros a los chicos, insistir en la creación de acervos de literatura infantil y espacios de lectura era precisamente el ofrecer el poder de la imaginación.

En una colonia marginada de Monterrey, estábamo un chico y yo en la entrada de una biblioteca comunitaria. No hablábamos. Esperábamos. Miraba la calles sin pavimentar, el viento caliente levantando polvo grisáceo, la luz dura, las casitas inconclusas. A lo lejos, pasaba un chico, no mucho mayor que el chico que estaba a mi lado, su mano izquierda sostenía una bolsa de plástico que se hinchaba y se deshinchaba rítmcamente cubriéndole la mitad del rostro: un chico más moliéndose el cerebro. “No me gusta vivir aquí, no me gusta este lugar”, dijo el chico que me acompañaba. A mí tampoco me gustaba aquel lugar, lo odiaba. Odiaría vivir en un sitio así, me odiaría mí misma, odiaría a todos, de haberme tocado esa suerte.

No tenía duda como no la tengo ahora. Era importante llevar imaginación a aquellos lugares donde la realidad asfixia. Ofrecer la posibilidad de nombrar la decepción, la amargura, el odio, la frustración o la esperanza, todo aquello que llevamos dentro y que nos empuja al límite, a la explosión.

Nuevo León, como todo México, ha estado viviendo situaciones duras. La violencia, yo la calificaría de sociópata, ha sido el día a día desde que fuera declarada la guerra contra el narco. Me parece que no hemos sido una sociedad integradora. No voy a escribir más sobre este tema aquí. Sólo agregaré que demasiadas personas han sido marginadas, destinadas a la miseria sin una educación que les permitiera aspirar a escalar socialmente mientras la gran mayoría es amenazada de exclusión social en las frecuentes crisis económicas. Es el momento de imaginarnos de nuevo.

Las chicas y los chicos, todos, deben tener el derecho a imaginar y a crear un mundo que les guste. Deberíamos ayudarles, por el bien de ellos y de nosostros mismos. Concedo que no bastan la literatura y el arte, que también hacen falta educación científica y tecnológica para hacer realidad los sueños. Pero un muy buen inicio está en no censurarnos ni limitarnos a nosotros mismos. Insisto, empecemos por atrevernos a pensar que las cosas podrían ser de otro modo.

Entonces, supondrán cuánto gusto me ha dado la construcción del espacio Niños Conarte, dedicado a la difusión del arte y la literatura, en Monterrey, Nuevo León. La sección dedicada a la formación lectora cuenta con un acervo de alrededor de 4 mil 300 títulos entre libros infantiles y libros especializados para mediadores.

Después de todos los momentos desagradables les invito, aún más, exijo que lo disfruten a partir de mañana 2 de julio.

Espero encontrarles por allí la próxima vez que vaya a Monterrey. ¡Tengo unas ganas locas de visitarlo!

La imagen fue tomada de aquí, donde encontrarás más información sobre este espacio y sus actividades.

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