Boo Radley, salga, no le haremos daño

Dill estaba disparado otra vez. Por su cabeza soñadora flotaban cosas hermosas. Podía leer dos libros mientras yo leía uno, pero prefería la magia de sus propias invenciones. Sabía sumar y restar más rápido que el rayo, pero prefería su mundo entre dos luces, un mundo en el que los niños dormían, esperando que fueran a buscarlos como lirios matutinos. Hablando, hablando se dormía a sí mismo, y me arrastraba a mí con él, pero en la quietud de su isla de niebla se levantó la imagen confusa de una casa gris con unas puertas pardas, tristes.
-¿Dill?
-¿Mmmmm?
-¿Por qué no se ha fugado nunca Boo Radley? ¿Te lo figuras?
Dill exhaló un largo suspiro y se volvió de espaldas a mí.
-Quizá no tenga adonde huir…

Matar un ruiseñor, de Harper Lee

He recordado este libro, en especial esta cita, porque ayer acá en España fue día del padre y Atticus Finch, uno de sus personajes, es uno de los padres literarios que más me gustan. Otro motivo para recordarlo con cariño son los personajes infantiles, su descubrimiento del mundo y sus contradicciones.

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Debí quedarme en el mar

Disfruto conservar trocitos de mis lecturas, me gusta subrayar mis líneas preferidas y transcribirlas en libretas pequeñas o en algún documento Word. También me gusta compartirlas, por eso ahora cito las líneas que más me han conmovido de Pippi Calzaslargas. Todas las historias, de Astrid Lindgren. En esta ocasión la generosa y valiente pelirroja muestra su vulnerabilidad, aunque sólo por un momento, pues al cabo de unas cuantas líneas vuelve a vivir intensamente su anarquía infantil contagiando de vitalidad a los vecinos de Villa Mangaporhombro. Sucede cuando la señora Settergreen, madre de Annika y Tommy, amigos de Pippi, le dice:

-Te agradeceré que no vengas más. Tu conducta ha sido incalificable.

Pippi la miró, sorprendida. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

-Tiene usted razón. No sé cómo debo portarme con la gente. Es inútil que intente aprenderlo; nunca lo conseguiré. Debí quedarme en el mar.

Por esto y muchas cosas más, Pippi es una de nuestras niñas preferidas.

Como fuera de este mundo

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El sol brilló durante casi una semana sobre el jardín secreto. El Jardín Secreto, era como Mary lo llamaba cuando pensaba en él. Le gustaba el nombre y aún más la sensación de que cuando se encerraba tras esos hermosos y viejos muros, nadie sabía dónde estaba. Le parecía casi como encerrarse fuera del mundo en algún lugar de hadas. Los pocos libros que había leído, que le gustaban, eran libros de cuentos de hadas; y había leído sobre jardines secretos en algunos de ellos. Algunas veces la gente iba a ellos a dormir durante cien años, cosa que le había parecido bastante estúpida. Ella no tenía intención de echarse a dormir y de hecho, se estaba despertando más cada día que pasaba en Misselthwaite.  

 El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett

 

*Imagen de la adaptación cinematográfica de este clásico, El jardín secreto (1993), dirigida por Agnieszka Holland.

Cedo la palabra a quien sólo desea un corazón (alguien debería regalárselo este próximo 14 de febrero)

Leñador de Hojalata:

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-Mi padre era un leñador que cortaba árboles en el bosque y vendía la madera para ganarse la vida. Cuando crecí, yo también me hice leñador, y cuando mi padre murió, cuidé a mi madre mientras vivía. Luego, por no encontrarme tan solo, decidí casarme.

Una de las chicas Munchkins era tan hermosa, que pronto me enamoré de ella con todo mi corazón. Ella, por su parte, prometió casarse conmigo en cuanto yo ganase  bastante dinero para poderle construir una casa mejor; así que me puse a trabajar con más ganas que nunca. Pero la joven vivía con una vieja que no quería que la chica se casase con nadie, porque era tan perezosa, que deseaba que la chica se quedara con ella para cocinar y limpiar la casa. Así que la vieja fue a ver a la Bruja Malvada del Este, y prometió darle dos ovejas y una vaca si conseguía impedir la boda. Entonces la Bruja Malvada hechizó mi hacha, y cuando un día yo estaba cortando la leña con todas mis ganas, pues estaba ansioso por tener cuanto antes una casa nueva y una mujer, el hacha resbaló de repente y me cortó la pierna izquierda.

Al principio esto me pareció una gran desgracia, pues sabía que un cojo no podía ser nunca un buen leñador.

Así que fui a ver a un hojalatero para que me hiciera una nueva pierna de hojalata. En cuanto me acostumbré a ella, la pierna funcionaba muy bien, pero mi actuación enfureció a la Bruja Malvada del Este, pues había prometido que no me casaría con la bonita chica Munchkin. Cuando empecé a talar otra vez, se me volvió a resbalar el hacha y me cortó la pierna derecha. De nuevo volví al hojalatero, y él me hizo otra pierna de hojalata. Después el hacha embrujada me cortó los brazos, uno tras otro; pero, sin arredrarme por ello, me los hice poner de hojalata. Entonces la Bruja Malvada hizo resbalar el hacha y cortarme la cabeza, y al principio pensé que todo se había acabado. Pero apareció el hojalatero, y me hizo una cabeza de hojalata.

Creí entonces que había vencido a la Bruja Malvada y trabajé más que nunca; pero ¡qué poco sospechaba yo lo cruel que era mi enemiga! Se le ocurrió otra artimaña para matar mi amor por la hermosa doncella Munchkin, e hizo resbalar otra vez el hacha que me cortó el cuerpo entero, partiéndolo por la mitad.

Una vez más el hojalatero acudió en mi ayuda y me hizo un cuerpo de hojalata, al que, por medio de tuercas, sujetó los brazos, piernas y cabeza, y así pude moverme tan bien como de costumbre. Pero ¡ay de mí! Ya no tenía corazón y todo el amor que sentía por la Munchkin se desvaneció, y ya no me importaba casarme o no con ella. Me supongo que ella sigue viviendo con la vieja, esperando que vaya a buscarla.

El maravilloso Mago de Oz

Lyman Frank Baum

(Edición en español de Alfaguara Infantil)

Leo, leo, leo, leo,

LEO

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Leo, leo, leo, leo,

sentado junto al fuego

durante esta

corta tarde de invierno,

a poetas de otro tiempo.

En sus momentos últimos

alguna mosca se pasea

entre las letras y los signos,

como borrones íntimos.

Alguna mosca muere.

Despacio y leve

fuera la nieve cae.

En mi espíritu llueve.

La noche llega de repente.

Prosigo la lectura a la débil

delicada y casi amarilla

luz de una bombilla.

La luz cede, cede

cede y desaparece.

Dentro del guante de la soledad

de la luz de un quinqué fraternal,

continúo la venturosa lectura

de textos de poetas

que semejan

ser aventuras

de museo. Leo

leo, leo, leo.

Aroma de galletas

Antonio Fernández Molina

El libro, una aladina que despierta al primer roce

Extraño resulta que un soporte o contenedor tan conservador como lo es el objeto libro (que prácticamente nada cambió desde los tiempos de Aldo Manuzio, unos quinientos años atrás) sirva para guardar todos los cambios, todas las revoluciones, todas las vanguardias… Paralelamente, el mundo cambia sus costumbres y maquillajes… Pero el libro sigue siendo una cáscara maravillosamente frágil, una nave extrañísima que sólo funciona cuando uno la tripula, una aladina que se despierta al primer roce: mientras tanto estábamos todos muertos, por años y años, muertos… sin embargo alguien golpeó la puerta…

Tipografía, poemas & polacos

Gustavo Wojciechowski (maca)