Leo, leo, leo, leo,

LEO

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Leo, leo, leo, leo,

sentado junto al fuego

durante esta

corta tarde de invierno,

a poetas de otro tiempo.

En sus momentos últimos

alguna mosca se pasea

entre las letras y los signos,

como borrones íntimos.

Alguna mosca muere.

Despacio y leve

fuera la nieve cae.

En mi espíritu llueve.

La noche llega de repente.

Prosigo la lectura a la débil

delicada y casi amarilla

luz de una bombilla.

La luz cede, cede

cede y desaparece.

Dentro del guante de la soledad

de la luz de un quinqué fraternal,

continúo la venturosa lectura

de textos de poetas

que semejan

ser aventuras

de museo. Leo

leo, leo, leo.

Aroma de galletas

Antonio Fernández Molina

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