El arte de empezar

El comienzo, el momento de la gran decisión, del sí. El mundo de las palabras que vive en la literatura es un mundo que nos invita a la complicidad, pues sólo siendo cómplices podremos ingresar a él. Es un acuerdo que aceptamos al escuchar las palabras llave del libro.

Había una vez…
En un país lejano…
Erase una vez
o el juguetón:
Erase que se era…

Estas palabras no las cambiaría por otras, son tan antiguas y tan frescas a la vez, me gustan así, me agrada leerlas una y otra vez. Son las palabras mágicas que agudizan nuestros sentidos, abrimos los ojos atentos y echamos la cabeza hacia delante a la expectativa de una historia. He observado que quienes saben jugar mejor el juego de las palabras, además de los poetas, son los niños. Quizá suene exagerado, pero especialmente los niños desde muy pequeños esperan con ansiedad y disfrutan de cuentos, juegos de palabras que cuenten historias fantásticas y maravillosas. Sólo la voz, el sonido invisible de las palabras basta para que la comunión ocurra. A veces he pensado sobre la razón de este gusto y he llegado a creer que la atención de un adulto a su mundo infantil pueda ser una. También que a los niños les gusta jugar el juego de contar un cuento con sus reglas precisas, pero a la vez con un espacio amplio. Y claro, el gusto por el conocimiento, la adquisición de posibilidades probables o improbables que ocurren en el mundo literario, nuevas palabras que son como juguetes nuevos. Además de la complicidad, durante un espacio de tiempo el lector o el narrador, el escritor -y todos los que hayan colaborado en la creación de un libro-, los niños y todos quienes escuchan son partícipes de una experiencia en común aunque única para cada uno de los aventureros. Disfruto leer para los niños como también disfruto escuchar sus historias. Hacerlo me ha abierto caminos por descubrir en torno a la lectura. Para mí la lectura era y es un acto íntimo, el cual resguardaba y resguardo con recelo. Esta experiencia es única e intransferible. Aunque esto es aún válido para mí, la perspectiva se ha ampliado. La palabra tiene su dimensión escrita y su dimensión oral, ambas vivas. Entonces empecé a reencontrarme con el sonido. Comprendí que la literatura es comunión y coincidencia, uno de los puentes que tendemos y acaso con fortuna cruzamos. Fue entonces que compartí mi experiencia literaria con quienes, en su momento sentí empatía: los niños. Es fascinante entrar a un salón, oír el barullo de los niños, ver sus ojos expectantes al ver a alguien hasta entonces desconocido con un libro en las manos. Escuchan atentos y al inicio de las palabras llave acuerdan entrar en el mundo literario y ser los cómplices perfectos. En esto de la complicidad literaria los niños son maestros. Escuchan y si interrumpen es porque agregan caminos posibles al relato o siguen más allá el ritmo poético. Les gusta el riesgo de romper con esquemas, pero también lo habitual que les da seguridad para incluso repetir a coro: Había una vez…

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