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Mi Gato de Cheshire

19 feb
Hay personajes de quienes no queremos despedirnos nunca. Entonces podríamos detener la lectura cuando faltan unas cuantas páginas con tal de aplazar el FIN. Antes de terminar un libro que he disfrutado lo he dejado por allí, y todo porque no deseo dar por terminada la lectura, me lleva un poco de tiempo enfrentar la despedida.
 
Ilustración de John Tenniel 

Ilustración de John Tenniel

 

Luego, descubres que esos personajes andan por allí y hasta los puedes invitar a tomar algo, o a ver una película. No exagero. Pongo por ejemplo a mi gato Pepipé, también llamado Mi  Gato de Cheshire.  

 

Un día llegó a mi casa, así nada más, a-pa-re-ció, tal como hacía el Gato de Cheshire, personaje de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Tenía la costumbre de aparecer y desaparecer por aquí, por allá. Levantaba una camiseta y allí estaba escondido. Buscaba algún zapato bajo la cama y allí estaba. Intentaba acomodar mis papeles y libros y allí estaba dormido, porque le gustaba dormir sobre libros. Buscaba en la alacena algo para hacer la comida y allí estaba. De modo que me dio muchos sustos, por supuesto los logré superar. Entonces sucedió la agradable costumbre  de encontrarlo a cualquier hora y sin previo aviso en los más diversos lugares: en la caja de juguetes, bajo mi mesa de trabajo, en la regadera (porque aunque le disgustaba el baño con jabón antipulgas, sí que le gustaba mojarse en verano), bajo los almohadones, y yo que me dejaba caer sobre ellos, ¡pobre gato! Fue en estas circunstancias adversas para él como descubrí otras de las características que lo hacían todo Un Don Gato de Cheshire: su sonrisa en cualquier momento. Pepipé era un gato alegre, les he dicho que sonreía, quizá no me lo crean, pero les aseguro que tenía una sonrisa gatuna de lo más linda.

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Lewis Carroll

8 nov

La figura y obra de Charles Ludtwige Dogson (1832-1898), más conocido por su seudónimo, Lewis Carroll, merece un espacio aparte en cualquier historia de la literatura infantil. Carroll, diácono que nunca llegó a ordenarse sacerdote y matemático de espíritu ingenioso y activo, tenía una gran inclinación por el juego intelectual. Al acabar los estudios, obtuvo un puesto de profesor en Oxford y aprovechó su tiempo de ocio de soltero en practicar la fotografía, en este campo es considerado hoy como uno de los mejores retratistas de niños, en concreto de niñas, quienes también le inspiraron en su faceta de escritor.

Las niñas eran en su opinión la esencia de lo romántico, un permanente recuerdo de la infancia. Con las hijas de sus amigos pasó largas tardes dedicado a relatar historias, a jugar con las palabras y, en definitiva, a compartir el temperamento infantil que tanto admiraba, caracterizado por la ingenuidad y la espontaneidad. Es en el transcurso de uno de estos encuentros, en 1862, cuando se gestó el libro que le dio renombre y del que ya no pudo separarse jamás.

 

En un paseo en barca con un amigo y las tres hermanas Liddell, Carroll inició como tantas otras veces, una de sus historias. Esta vez la fantasía desbordada e imaginativa y la diversión que brindó a sus acompañantes provocaron que Alicia Liddell le pidiera al reverendo escribir el cuento para no olvidarlo. De esta manera Carroll escribió un primer boceto, el rústico manuscrito ilustrado por él mismo Las aventuras subterráneas de Alicia, el cual fue recibido por la niña dos años más tarde, los que Charles empleó en pulirlo y también en consultar la opinión de sus amigos, como George MacDonald.

 

Más adelante la antigua Alicia se editó en una nueva versión llamada Alicia en el país de las maravillas (1865) y llevó la firma de Lewis Caroll. Este libro fue el resultado de un cuidadoso trabajo de escritura y edición. El autor, que sufragó los gastos de la edición, trabajó directamente con el ilustrador, en este caso el ya prestigioso John Tenniel. Seis años después, en las navidades de 1871, se publicó Alicia a través del espejo y lo que allí encontró, después de siete semanas se habían vendido 15, 000 ejemplares.

Siempre bajo el seudónimo de Lewis Carroll, Dogson publicó otros libros, como La caza del Snark (1876) y Silvia y Bruno (1889), con los que continuó con sus indagaciones del lenguaje. En 1890, sabedor de que las alicias eran leídas por muchos niños, preparó una edición para los no lectores, Alicia para los pequeños, en cuyo prólogo indicó que estaba dirigida a los niños de cero a cinco años. Carroll es, al lado de Edward Lear, decide explorar las posibilidades del lenguaje, jugar con el estilo y buscar nuevas formas de expresión.

“Carroll se detiene en los significantes, invierte las sílabas, violenta los significados, es el lenguaje el verdadero protagonista de Alicia.”[1]

La ilustración es de John Tenniel.

[1] Montes G. (1998). El corral de la infancia. México, D.F.: 1998.

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